“Durante casi un año, Víctor, junto con una compañera suya psicóloga, fueron mis
terapeutas.
Yo llevaba varios meses sintiéndome muy mal, pese a estar tomando
antidepresivos. Solo quería meterme en la cama y llorar, toda mi vida se estaba
desmoronando y yo me hundía en un pozo del que no podía ni sabía salir. Un día no
pude más y pedí cita, llegué sintiéndome culpable de todo lo que ocurría en mi
matrimonio, con la autoestima por los suelos, creyéndome solo capaz de criar a mi
hija (y a veces ni eso) y ser ama de casa, anulada, sin voz.
Sesión tras sesión empezó a nacer una conexión que te hacía sentir que no eras
otro paciente más; me encontraba segura, escuchada, protegida…Hubo sesiones
muy duras; era doloroso hablar de mi infancia, de mis traumas, revivir mi primera
relación de pareja y los malos tratos que sufrí, sacar mis miedos, “miserias” e ira.
Pero cuanto más me abría, mejor me sentía. Era sanador. Había compasión,
confianza, no me sentía juzgada, todo con un respeto exquisito y humanidad. Entre
aquellas cuatro paredes me sentía libre. Me estaban enseñando cómo abrir la caja
de los truenos y todo empezaba a fluir. Hábilmente fueron acompañándome en todo
el proceso; proponiéndome pequeños retos que yo intentaba cumplir, desgranando
cada pensamiento con ellos, me volví más intuitiva y mi corazón empezó a
hablarme.
Las vendas de los ojos comenzaron a caer y otra realidad aparecía: las
manipulaciones, los malos tratos (que nunca nombraste así porque no eran físicos),
sentir que no estabas “loca” o histérica, darte cuenta de que vivías encerrada en
una jaula …Al tiempo me divorcié, dejé la que había sido mi casa durante muchos
años y me mudé, a la ciudad de donde soy, junto con mi hija.
Gracias a la terapia saqué la valentía que necesitaba. Volví a estudiar 27 años
después de acabar la universidad, me he sacado unas oposiciones, soy una
“nueva” persona viviendo una segunda vida.”